10. La estación

Con octubre la vuelta a clase. Y llegó Cáceres y el instituto. Cáceres el Viejo era por aquel entonces la ciudad que estaba más allá de la estación de Guadiana, al final de la vía del tren que atravesaba un descampado que llamaban Aljucén y el acueducto romano de Mérida, y el puerto de las Herrerías. Un camino que uno nunca entendió. Siempre pensó que la línea recta es el camino más corto para unir dos puntos. Y Badajoz y Cáceres estaban unidas por una línea invisible que las vías del tren ignoraban.


Con Cáceres el Viejo llegó la edad. Y de este modo se fueron guardando en las latas del recuerdo los cantos de Orfeo en Pesquero, los buenos ratos con las mozas de Sagrajas, los días de escuela al son de himnos de conquistadores americanos, la guitarra negra de los hombres negros del canal, las diligencias de John Wayne y las fotos familiares de Arturo, los gitanos del parque, los miedos de El Lute, las noches de El Paraíso y la Flor del Guadiana y la llegada de gruñidores.

Con Cáceres el Viejo el río de las Vegas se hizo ribera en el Marco y las parcelas huertos, y las casas encaladas viraron a piedra romana y adobe musulmán. Y en la cartera ya no iban hojas para dar de comer a los gusanos. Estaba repleta de libros de física y química y de francés. Yemapel filip, cuarzo, feldespato y mica.

Con Cáceres el Viejo el Far Wext se sumergió en el fondo del pantano de Montijo, junto a las vías del tren de Aljucén, oculto bajo las aguas, guardado entre bobinas de cine de verano y protegido con papel charol.



Y uno dejó olvidada la memoria de los canales y tomó las formas de las calles estrechas de San Jorge y San Mateo, de La Machacona y La Grillera, y del Cine Capitol, porque el cine no se pudo ir, sólo supo mudar de escenarios. Las diligencias se convirtieron en palacios de Visconti, las pistolas en bromas de los Monty Python, y las llanuras de Oklahoma en viajes interestelares de Blade Runner.

Pero como cuenta el mito de Perséfone, con la llegada de cada estación de la luz, la caravana del oeste emerge vestida de blanco de entre las aguas del olvido para volver a la memoria de la vida, y el Far Wext se acerca tranquila y sosegadamente a la ventanilla del coche, mientras uno recorre la carretera comarcal 209 y los mosquitos chocan su mano para darle la bienvenida.

Aunque uno sabe que con Cáceres el Viejo irremediablemente el Far Wext creció en ríos y campos, salió de la vega y la llanura, y mudó de nombre para siempre. Porque vino el Tajo y llegó Marvâo. Y uno volvió a nacer en Mesopotamia.

Rades